Final Fantasy: The Spirits Within
Japón / Estados Unidos
2001
Las buenas películas de ciencia ficción nunca se quedan viejas. Años después de estrenarse, cuando la tecnología y los efectos visuales y especiales han mejorado, la buena ficción no parece acartonada y gris. No sucede así porque la buena ciencia ficción esconde algo detrás de los fuegos artificiales: unos buenos actores, un buen guión y, sobre todo, un mundo creado convincente.
Dudo que Final Fantasy supere el juicio del tiempo. La película se presenta como una gran producción en la que todos los personajes son creados en el ordenador y no se emplea la tecnología de los dibujos animados. Sin duda, este aspecto es espectacular, pero, a parte de esto, la película no es más que un bonito experimento. Resulta increíble cómo han conseguido animar el pelo de la protagonista, o el efecto de los fantasmas que arrancan el alma a los humanos, pero tanto los personajes como la historia resulta muy poco solidos.
Final Fantasy cuenta la historia de Aki Ross (la chica), una bióloga que busca la forma de derrotar a unos invasores extraterrestes que han devastado al planeta Tierra. Junto al Doctor Cid (el listo), buscan un alma "universal" compuesta de diversas ondas (a su vez encerradas en diversas formas de vida) que acaben con todos los invasores. Para ello son ayudados por el capitán Gray Edwards (el chico) y el sargento Ryan Whitaker (el amigo del bueno). La búsqueda se hace a contrarreloj pues el General Hein (el malo) pretende destruir los fantasmas con un satélite mortífero que pone en riesgo la pervivencia del planeta. Toda el argumento se endulza con una ecofilosofía en la que todos los seres vivos tienen una onda personal única que los hace inmortales, incluida la propia Tierra, Gaia.
Uno de los principales defectos de la película no sólo se encuentra en la limitación -en número- de los personajes sino en que éstos son planos y estereotipados. En total, en la película no aparecen más de 10 personajes y los protagonistas no nos ofrecen una riqueza interior suficiente para hacer interesante la trama. Aunque el final sea, hasta cierto punto, sorprendente, no sufrimos por unos personajes fríos y distantes. Más aún, los verdaderos malos de la historia (los fantasmas) no encarnan ningún tipo de valor, parecen más testigos que contrapeso al pensamiento de los protagonista. Los malos hacen el mal porque sí, porque están enrabietados, pero no por una razón de peso en conflicto con los ideales de los protagonistas.
Además, otra de las pegas se encuentra en el pensamiento de fondo (no muy muy lejos en este caso). Que no nos engañen: la teoría de las "ondas vitales" no nos dice nada de cómo es el hombre y qué se espera de él, sino que tenemos mucho en común con un lagarto o un hongo... Finalmente, los efectos visuales de Final Fantasy se centran es aspectos poco espectaculares. Qué oportunidad se pierde, por ejemplo, de representar grandes batallas espaciales, destrucción de grandes ciudades por parte de los fantasmas o grandes movimientos de cámara.
La película gustará aquel que busque entretenimiento sencillo, acción pura y nada de pensamiento posterior. Desagradará a todos los que la ciencia ficción no es una excusa para demostrar qué conseguimos en lo audiovisual, sino que el planteamiento de cuestiones últimas resulta crucial.
Y para terminar y en conclusión, no les dirá nada a los que, dentro de unos años, vuelvan la vista atrás y analicen, con ojo crítico, el film.
miércoles, 11 de junio de 2008
jueves, 1 de mayo de 2008
Jericho, de la CBS
Jericho, 2007-2008
Cadena CBS
Productores (Jon Turteltaub, Stephen Chbosky y Carol Barbee)
La mejor ciencia ficción audiovisual se produce en Estados Unidos. Este primer puesto en el ranking mundial no se produce sólo por la calidad y variedad de series y películas, sino por la existencia de un mercado amplio que consume y aprecia la ciencia ficción. Son innumerables las buenas series de ciencia ficción que se han producido en los últimos años (Heroes, Battlestar Galactica, Stargate, Stargate Atlantis, Andrómeda, Tierra 2, Babylon 5, Seaquest o Star Trek y hasta cierto punto, Perdidos).
El hecho de haber sido producidas en Estados Unidos hace que algunas de estas películas o series tengan una impronta netamente del país, no sólo en sus personajes, sino en los dilemas políticos o históricos planteados. A los seguidores de este tipo de historias no les resulta inaudito que los protagonistas sean estadounidenses o que, de vez en cuando, se haga algunas afirmaciones patrióticas. La mayoría de estas alusiones son leves y en pocas ocasiones se hacen tan extremas como para molestar al espectador no demasiado sensible (como sucede, por ejemplo, en la película Independence Day).
A esta conexión con el pensamiento norteamericano se une, en algunas ocasiones, ciertos planteamientos basados en pilares mucho más elementales, clásicos, muy relacionados con el origen de tradición republicana de los Estados Unidos. Esta similitud griega o romana se hace en ocasiones muy patente, como en Battlestar Galactica -donde los dioses citados son griegos-, o a veces las referencias clásicas son leves, más relacionados con los dilemas morales y juicios políticos realizados por los personajes.
En el caso de Jericho, esta relación con los planteamientos clásicos se hace en un nivel político muy básico, que era el preferido para los griegos. Jericho es una polis aislada, cortada del resto de la humanidad por un holocausto nuclear que ha eliminado a casi todas las principales ciudades de Estados Unidos. En este pequeño microcosmos, los dilemas planteados (por lo menos en la primera temporada) tienen más que ver con la democracia, la justicia, la autoriad, la legalidad de la venganza, la legitimidad de la fuerza del Estado, etc. Por supuesto que al final de la primera temporada y comienzo de la segunda se encuadran estas luchas dentro del contexto americano, pero los temas de fondo siguen siendo políticos, en un sentido clásico.
¿Puede un gobernante olvidarse de las opiniones del pueblo aunque éstas lleven a la destrucción de todos? ¿Debe la legalidad imponerse aunque implique consecuencias nefastas? ¿Hasta qué punto se puede defender una ciudad ante un ataque? Que es mejor, ¿dejarse vencer por el injusto para no romper las reglas o utilizar las mismas armas del injusto para sobrevivir?
El principal valor de la serie Jericho se encuentra en esta formulación de cuestiones profundas gracias a las interacción de los personajes. Como en la mejor ciencia ficción, cambiando algunos de los parámetros normales de una situación (en este caso, la normalidad del país), se deja evolucionar a los sujetos para examinar cómo se enfrentan al cambio en el sistema. En este caso, el cambio es fundamentalmente político (el Estado ha desaparecido), por lo que los dilemas son políticos.
Quizá la complejidad de lo que subyace debajo de la historia y la aparente simplicidad de la narración ha provocado que la serie no haya triunfado ni dentro ni fuera de Estados Unidos. En norteamérica la CBS canceló la segunda temporada y sólo la presión popular a través de campañas por internet obligó al rodaje de otros siete episodios, tras los que ha anunciado de nuevo la retirada de la serie. En España la serie se emitió por Tele 5 y, tras varios resultados de audiencia desastrosos, la cadena decidió emitir los últimos capítulos de la temporada de un tirón, hasta altas horas de la madrugada.
A los estadounidenses no les gusta ver su país de rodillas ni al resto del mundo ver los problemas de un pequeño de Estados Unidos por la desaparición de su Estado. No gustará a la serie a aquellos que buscan en la ciencia ficción grandes espectáculos audiovisuales ni mundos artificiales. Jericho es política o sociedad ficción, pero en ella la tecnología es la que empleamos todos para ir al trabajo, los coches no vuelan sino que todavía emplean la gasolina y las familias son familias como las nuestras.
Jericho es una buena serie de ficción incomprendida, que plantea los "Y SI" que la buena ciencia ficción sabe preguntar. Julio Verne no estaba loco cuando escribía sobre un viaje a la luna o sobre un submarino nuclear. Verne no planteaba nada descabellado, sino se adelantaba en su tiempo y, a partir de lo ya existente, se preguntaba sobre las posibilidades del ser humano. Jericho parte de un dato descabellado (un ataque simultáneo a las grandes ciudades de Estados Unidos), pero, al fin y al cabo, refleja a distintos tipos de seres humanos intentando reaccionar como lo haríamos todos nosotros.
Cadena CBS
Productores (Jon Turteltaub, Stephen Chbosky y Carol Barbee)
La mejor ciencia ficción audiovisual se produce en Estados Unidos. Este primer puesto en el ranking mundial no se produce sólo por la calidad y variedad de series y películas, sino por la existencia de un mercado amplio que consume y aprecia la ciencia ficción. Son innumerables las buenas series de ciencia ficción que se han producido en los últimos años (Heroes, Battlestar Galactica, Stargate, Stargate Atlantis, Andrómeda, Tierra 2, Babylon 5, Seaquest o Star Trek y hasta cierto punto, Perdidos).
El hecho de haber sido producidas en Estados Unidos hace que algunas de estas películas o series tengan una impronta netamente del país, no sólo en sus personajes, sino en los dilemas políticos o históricos planteados. A los seguidores de este tipo de historias no les resulta inaudito que los protagonistas sean estadounidenses o que, de vez en cuando, se haga algunas afirmaciones patrióticas. La mayoría de estas alusiones son leves y en pocas ocasiones se hacen tan extremas como para molestar al espectador no demasiado sensible (como sucede, por ejemplo, en la película Independence Day).
A esta conexión con el pensamiento norteamericano se une, en algunas ocasiones, ciertos planteamientos basados en pilares mucho más elementales, clásicos, muy relacionados con el origen de tradición republicana de los Estados Unidos. Esta similitud griega o romana se hace en ocasiones muy patente, como en Battlestar Galactica -donde los dioses citados son griegos-, o a veces las referencias clásicas son leves, más relacionados con los dilemas morales y juicios políticos realizados por los personajes.
En el caso de Jericho, esta relación con los planteamientos clásicos se hace en un nivel político muy básico, que era el preferido para los griegos. Jericho es una polis aislada, cortada del resto de la humanidad por un holocausto nuclear que ha eliminado a casi todas las principales ciudades de Estados Unidos. En este pequeño microcosmos, los dilemas planteados (por lo menos en la primera temporada) tienen más que ver con la democracia, la justicia, la autoriad, la legalidad de la venganza, la legitimidad de la fuerza del Estado, etc. Por supuesto que al final de la primera temporada y comienzo de la segunda se encuadran estas luchas dentro del contexto americano, pero los temas de fondo siguen siendo políticos, en un sentido clásico.
¿Puede un gobernante olvidarse de las opiniones del pueblo aunque éstas lleven a la destrucción de todos? ¿Debe la legalidad imponerse aunque implique consecuencias nefastas? ¿Hasta qué punto se puede defender una ciudad ante un ataque? Que es mejor, ¿dejarse vencer por el injusto para no romper las reglas o utilizar las mismas armas del injusto para sobrevivir?
El principal valor de la serie Jericho se encuentra en esta formulación de cuestiones profundas gracias a las interacción de los personajes. Como en la mejor ciencia ficción, cambiando algunos de los parámetros normales de una situación (en este caso, la normalidad del país), se deja evolucionar a los sujetos para examinar cómo se enfrentan al cambio en el sistema. En este caso, el cambio es fundamentalmente político (el Estado ha desaparecido), por lo que los dilemas son políticos.
Quizá la complejidad de lo que subyace debajo de la historia y la aparente simplicidad de la narración ha provocado que la serie no haya triunfado ni dentro ni fuera de Estados Unidos. En norteamérica la CBS canceló la segunda temporada y sólo la presión popular a través de campañas por internet obligó al rodaje de otros siete episodios, tras los que ha anunciado de nuevo la retirada de la serie. En España la serie se emitió por Tele 5 y, tras varios resultados de audiencia desastrosos, la cadena decidió emitir los últimos capítulos de la temporada de un tirón, hasta altas horas de la madrugada.
A los estadounidenses no les gusta ver su país de rodillas ni al resto del mundo ver los problemas de un pequeño de Estados Unidos por la desaparición de su Estado. No gustará a la serie a aquellos que buscan en la ciencia ficción grandes espectáculos audiovisuales ni mundos artificiales. Jericho es política o sociedad ficción, pero en ella la tecnología es la que empleamos todos para ir al trabajo, los coches no vuelan sino que todavía emplean la gasolina y las familias son familias como las nuestras.
Jericho es una buena serie de ficción incomprendida, que plantea los "Y SI" que la buena ciencia ficción sabe preguntar. Julio Verne no estaba loco cuando escribía sobre un viaje a la luna o sobre un submarino nuclear. Verne no planteaba nada descabellado, sino se adelantaba en su tiempo y, a partir de lo ya existente, se preguntaba sobre las posibilidades del ser humano. Jericho parte de un dato descabellado (un ataque simultáneo a las grandes ciudades de Estados Unidos), pero, al fin y al cabo, refleja a distintos tipos de seres humanos intentando reaccionar como lo haríamos todos nosotros.
martes, 8 de abril de 2008
La carretera, de Cormac McCarthy
The road (2006)
Ed. española de 2007
Literatura Mondadori
210 páginas
ISBN: 978-84-397-2077-5
La carretera es un libro duro, sangriento, terrible, pero tremendamente catártico y positivo. Su marco narrativo es muy sencillo: un hijo y un padre caminan por una carretera tras un desastre mundial que ha dejado el mundo, literalmente, en cenizas. No conocemos el origen de la hecatombe, que descubrimos por sus efectos: gran parte de la humanidad ha muerto y la naturaleza se ha convertido en polvo gris que mancha los pulmones de los pocos supervivientes. Los hombres han reducido su vida a una búsqueda constante de comida, refugio y seguridad. En este mundo frío, gris y sin esperanza, los hombres ya no son personas y no hay regla moral que valga.
En este contexto, el pequeño núcleo familiar de padre e hijo viaja sin descanso por una carretera en dirección al sur. Mientras luchan por sobrevivir a las bandas de antropófagos, a la carestía y al tremendo frío, el padre intenta dirimir si será capaz de matar a su hijo en caso de ser atrapados.
Como en muchos relatos, lo importante del viaje no es el destino, sino lo que hay antes de llegar a él. El libro juega en sus páginas con profundos conceptos morales y filosóficos. A pesar de lo terrible de la situación y de que el libro sea, en su gran parte, un mero diario de la búsqueda de alimento y calor de los protagonistas, lo poco que permanece del antiguo mundo no es arbitrario. En este tipo de relatos, los restos de la humanidad acaban siendo lo mínimo a lo que reduce la existencia humana su autor. Lo primero que queda, primero, es la carretera, punto de paso, de cambio y esperanza de alcanzar una situación mejor, aunque conlleve trabajo y sacrificio. Segundo, quedan los restos de la antigua civilización y, más en concreto, las casas de los hombres fallecidos. No me parece arbitrario que los dos protagonistas sólo encuentren comida en abundancia sea en hogares, donde no encuentran cadáveres. Reducidos a lo mínimo, la esperanza se encuentra en este tipo de edificios, aunque no la seguridad, pues el miedo a ser atrapados en una trampa les hace no parar demasiado tiempo en ningún lugar. Finalmente, queda del antiguo mundo la familia, es decir, ellos dos. Entre padre e hijo se producen pocos conflictos reales y entre ellos el sacrificio es extremo, hasta el punto de arriesgar la vida. El mundo desmoronado no es capaz de engullir al reducido mundo familiar, que, pase lo que pase, se resiste a perder la esperanza, aunque por separado vean poca salida real.
El mundo, dentro de este microcosmos familiar, queda reducido a dos bandos: los buenos y los malos. Los primeros, como explica el padre en lenguaje infantil, "lleva el fuego". Ellos no matan por comer, ni matan por placer. Sólo la rotura de este compromiso moral con la decencia es capaz de romper con el propio vínculo familiar.
La carretera, partiendo de una historia repetitiva, dura y cruel, va más allá de una road movie. El libro lleva al límite la maldad e inconsciencia humana, por lo que deben evitarlo aquellos que busquen una bonita historia de mundos fantásticos. Es una novela más introspectiva que de ciencia ficción, aunque el contexto sea de un mundo futuro plausible. Gustará a aquellos con estómago de hierro, capaces de captar debajo de una historia cíclica el profundo entretejido del hombre.
Ed. española de 2007
Literatura Mondadori
210 páginas
ISBN: 978-84-397-2077-5
La carretera es un libro duro, sangriento, terrible, pero tremendamente catártico y positivo. Su marco narrativo es muy sencillo: un hijo y un padre caminan por una carretera tras un desastre mundial que ha dejado el mundo, literalmente, en cenizas. No conocemos el origen de la hecatombe, que descubrimos por sus efectos: gran parte de la humanidad ha muerto y la naturaleza se ha convertido en polvo gris que mancha los pulmones de los pocos supervivientes. Los hombres han reducido su vida a una búsqueda constante de comida, refugio y seguridad. En este mundo frío, gris y sin esperanza, los hombres ya no son personas y no hay regla moral que valga.
En este contexto, el pequeño núcleo familiar de padre e hijo viaja sin descanso por una carretera en dirección al sur. Mientras luchan por sobrevivir a las bandas de antropófagos, a la carestía y al tremendo frío, el padre intenta dirimir si será capaz de matar a su hijo en caso de ser atrapados.
Como en muchos relatos, lo importante del viaje no es el destino, sino lo que hay antes de llegar a él. El libro juega en sus páginas con profundos conceptos morales y filosóficos. A pesar de lo terrible de la situación y de que el libro sea, en su gran parte, un mero diario de la búsqueda de alimento y calor de los protagonistas, lo poco que permanece del antiguo mundo no es arbitrario. En este tipo de relatos, los restos de la humanidad acaban siendo lo mínimo a lo que reduce la existencia humana su autor. Lo primero que queda, primero, es la carretera, punto de paso, de cambio y esperanza de alcanzar una situación mejor, aunque conlleve trabajo y sacrificio. Segundo, quedan los restos de la antigua civilización y, más en concreto, las casas de los hombres fallecidos. No me parece arbitrario que los dos protagonistas sólo encuentren comida en abundancia sea en hogares, donde no encuentran cadáveres. Reducidos a lo mínimo, la esperanza se encuentra en este tipo de edificios, aunque no la seguridad, pues el miedo a ser atrapados en una trampa les hace no parar demasiado tiempo en ningún lugar. Finalmente, queda del antiguo mundo la familia, es decir, ellos dos. Entre padre e hijo se producen pocos conflictos reales y entre ellos el sacrificio es extremo, hasta el punto de arriesgar la vida. El mundo desmoronado no es capaz de engullir al reducido mundo familiar, que, pase lo que pase, se resiste a perder la esperanza, aunque por separado vean poca salida real.
El mundo, dentro de este microcosmos familiar, queda reducido a dos bandos: los buenos y los malos. Los primeros, como explica el padre en lenguaje infantil, "lleva el fuego". Ellos no matan por comer, ni matan por placer. Sólo la rotura de este compromiso moral con la decencia es capaz de romper con el propio vínculo familiar.
La carretera, partiendo de una historia repetitiva, dura y cruel, va más allá de una road movie. El libro lleva al límite la maldad e inconsciencia humana, por lo que deben evitarlo aquellos que busquen una bonita historia de mundos fantásticos. Es una novela más introspectiva que de ciencia ficción, aunque el contexto sea de un mundo futuro plausible. Gustará a aquellos con estómago de hierro, capaces de captar debajo de una historia cíclica el profundo entretejido del hombre.
lunes, 4 de febrero de 2008
Soy leyenda, de Richard Matheson
I am legend (1954)
Ed. española
Clásicos Minotauro 2007
ISBN: 978-84-450-7663-7
179 páginas
Soy leyenda es más que un libro de vampiros. Los malos rechazan las cruces, no soportan los ajos y convierten a los demás en vampiros mordiéndoles en el cuello. A pesar de ello, el libro no es una historia de chupadores de sangre al uso, sino que tiene un punto de tratado del vampirismo. Richard Matheson intenta darle un sentido más racional a los enemigos: los vampiros en realidad son enfermos de una extraña patología, que los consume a la vez que los va matando. Robert Neville, el último hombre en la tierra, los estudia para acabar con ellos, y explica cada una de sus rasgos. No es, por otro lado, un libro de zombies, lo que le diferencia claramente de la versión para cine (2007) protagonizada por Will Smith.
Aunque ya se ha avanzado parte del relato, Soy Leyenda explica la vida de Robert Neville, el último hombre en la tierra tras una catástrofe apocalíptica. En el desarrollo de la historia se superponen dos tramas: la vida cotidiana de Neville en las calles de Nueva York, infestadas de vampiros, y su investigación en el origen del mal y sus consecuencias; y, por otro lado, sus recuerdos antes y durante de la catástrofe bacteriológica. Neville no es un héroe (se pasa la mitad del tiempo borracho en su escondrijo), sino un superviviente en un ambiente asfixiante e inhumano.
Soy leyenda no le gustará a aquel que acuda al libro después de haber visto la película, pues la plasticidad del filme poco tiene que ver con la historia original. No hay grandes herocidades o aventuras, el Neville del papel carece de la mayoría de las virtudes que refleja el Nevill fílmico. Por otro lado, el libro es mucho más negativo que la película: Neville no es una leyenda para los humanos, sino para los vampiros. Tampoco gustará el libro al lector impresionable. La novela es cruda, como lo es la historia de un hombre acorralado que mata por el día de forma cruel y hasta cobarde, y que se esconde mientras le rodean y le increpan de noche.
El libro, en cambio, gustará a aquel lector interesado por la ficción apocalítptica, aquel que se pregunta qué pasaría si nuestra sociedad desapareciese de repente. Será apreciado por aquel que se pregunta si el hombre sigue siéndolo cuando no existe una comunidad a su alrededor. Incluso va más allá: ¿es acaso normal aquello mayoritario o la normalidad está fijada en función de los criterios mentales del individuo?
Ed. española
Clásicos Minotauro 2007
ISBN: 978-84-450-7663-7
179 páginas
Soy leyenda es más que un libro de vampiros. Los malos rechazan las cruces, no soportan los ajos y convierten a los demás en vampiros mordiéndoles en el cuello. A pesar de ello, el libro no es una historia de chupadores de sangre al uso, sino que tiene un punto de tratado del vampirismo. Richard Matheson intenta darle un sentido más racional a los enemigos: los vampiros en realidad son enfermos de una extraña patología, que los consume a la vez que los va matando. Robert Neville, el último hombre en la tierra, los estudia para acabar con ellos, y explica cada una de sus rasgos. No es, por otro lado, un libro de zombies, lo que le diferencia claramente de la versión para cine (2007) protagonizada por Will Smith.
Aunque ya se ha avanzado parte del relato, Soy Leyenda explica la vida de Robert Neville, el último hombre en la tierra tras una catástrofe apocalíptica. En el desarrollo de la historia se superponen dos tramas: la vida cotidiana de Neville en las calles de Nueva York, infestadas de vampiros, y su investigación en el origen del mal y sus consecuencias; y, por otro lado, sus recuerdos antes y durante de la catástrofe bacteriológica. Neville no es un héroe (se pasa la mitad del tiempo borracho en su escondrijo), sino un superviviente en un ambiente asfixiante e inhumano.
Soy leyenda no le gustará a aquel que acuda al libro después de haber visto la película, pues la plasticidad del filme poco tiene que ver con la historia original. No hay grandes herocidades o aventuras, el Neville del papel carece de la mayoría de las virtudes que refleja el Nevill fílmico. Por otro lado, el libro es mucho más negativo que la película: Neville no es una leyenda para los humanos, sino para los vampiros. Tampoco gustará el libro al lector impresionable. La novela es cruda, como lo es la historia de un hombre acorralado que mata por el día de forma cruel y hasta cobarde, y que se esconde mientras le rodean y le increpan de noche.
El libro, en cambio, gustará a aquel lector interesado por la ficción apocalítptica, aquel que se pregunta qué pasaría si nuestra sociedad desapareciese de repente. Será apreciado por aquel que se pregunta si el hombre sigue siéndolo cuando no existe una comunidad a su alrededor. Incluso va más allá: ¿es acaso normal aquello mayoritario o la normalidad está fijada en función de los criterios mentales del individuo?
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